El trazo, la materia y la honestidad creadora

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En el mapa vivo de las artes plásticas cubanas contemporáneas, hay caminos que no se trazan por la prisa ni por el brillo pasajero, sino por la constancia, la honestidad y la mirada profunda. A esos caminos pertenece Alejandro Montesino García, creador cuyo trabajo se sostiene sobre un ejercicio plástico riguroso, donde el oficio, la disciplina del taller y la investigación sobre la materia convergen en una voz de singular madurez. Su obra no es mera representación: es una forma meditada de abordar el pensamiento, la memoria y la identidad.

«En mi labor como especialista, en mi relación con las comunidades, con el arte popular y con los artistas aficionados… no aprendí a pintar o dibujar, pero entendí mejor, el placer y el beneficio que aporta la práctica artística», comenta Montesino.

El lienzo como espacio de indagación: la herencia tamizada

El núcleo de su creación late sobre el lienzo. En la superficie de la tela, Montesino despliega un dominio técnico caracterizado por la soltura del dibujo y una sensibilidad excepcional hacia la luz y la atmósfera. Allí se percibe, con respeto y personalidad, la impronta de su maestro, Servando Cabrera Moreno.

No se trata de copia ni de repetición. Lo que Montesino asumió de Servando fue la lección esencial: la soltura en la línea, la sensualidad del contorno y el tratamiento lírico de la luz. Desde esa base sólida, construyó su propio lenguaje. Mientras la obra del maestro solía explorar una expresividad exuberante o dramática, la propuesta de Montesino se inclina hacia la introspección, la contención y la serenidad. Sus telas son espacios de silencio, síntesis y contemplación: lugares donde el diálogo ocurre a paso lento.

El barro, el fuego y la huella

Si la pintura es el eje, la cerámica ha sido su extensión natural y profunda. Al acercarse a las artes del fuego, Montesino encontró en el barro un terreno tridimensional donde poner a prueba la resistencia de su trazo. La incisión, el relieve, el esmalte y la transformación por el fuego dotan a su obra de una dimensión táctil: la materia cobra densidad, como sedimento acumulado, como huella que perdura.

Esta faceta no es una desviación, sino un complemento orgánico: reafirma su capacidad para articular volúmenes, texturas y formas, en un diálogo constante entre lo que se mira y lo que se podría tocar.

Criterio, presencia y vocación

La solidez de su obra ha llevado su nombre y su propuesta a escenarios internacionales, representando a Cuba en exposiciones, salones y encuentros fuera de la isla. Paralelamente, su reconocido criterio estético lo ha convertido en un referente respetado, llamado a integrar jurados y comisiones que valoran la creación visual contemporánea.

Sin embargo, lo ha hecho sin prisa, no por el aplauso fácil ni por el protagonismo.

La suya es una trayectoria que resiste a las modas, cimentada en una decisión que él mismo explica con claridad conmovedora:

Vivir con el arte, no del arte

Hay una frontera sutil pero determinante entre hacer del arte un medio de vida o convertirlo en una compañía vital. Quienes logran descifrar esa diferencia suelen encontrar una libertad rara y valiosa: la de crear sin la urgencia de complacer a un mercado, ni la obligación de amoldarse a los encandilamientos de la oficialidad.

Pintar, dibujar o modelar la cerámica únicamente para la satisfacción personal requiere una postura ética firme. Cuando se conoce desde dentro el entramado institucional y la manera en que a menudo se instrumentaliza tanto a los creadores como a sus obras, la decisión de guardar distancia surge de forma natural. Frente al circuito de la comercialización y el aplauso calculado, la atención a las artes y artesanías populares aparece no solo como un oficio profesional fértil, sino como un refugio donde volcar la vocación de servicio cultural durante décadas.

Ese aprendizaje no fue casualidad. Detrás de la evidente afinidad temática y la cercanía a la emblemática obra erótica de Servando Cabrera Moreno, existió una lección de vida menos comentada pero igual de profunda. Nació en la casa del maestro, entre aquellas jornadas semestrales en las que, siendo estudiante de la Escuela Nacional de Arte (ENA), tocaba limpiar, organizar y descifrar su monumental colección de arte y artesanía popular traída de múltiples rincones del mundo. Allí, en la convivencia directa con la materia y la tradición, se educó la mirada.

Esa vocación por lo popular encontró más tarde un cauce y un respaldo decisivo en la sabiduría de Lesbia Vent Dumois, cuya labor desde la Casa de las Américas acompañó y fortaleció el compromiso con la salvaguarda de nuestro patrimonio artesanal.

Elegir el arte para vivir con él y no para vivir de él, esto transforma de raíz la relación con el acto creador. La obra personal deja de buscar el escaparate o el reconocimiento público; no nace para el mercado ni para la galería. Sigue, más bien, un ciclo íntimo y orgánico: se atesora en el silencio del taller, se regala al amigo, o simplemente emprende su propio camino en la absoluta serenidad de quien crea por el puro placer de hacer. Montesino (1)

El puente que hace presente la memoria

Una obra de valor necesita también quien la acerque, quien la cuide y quien la ponga en diálogo con nuevos públicos. Esa es la misión que lleva adelante Armando Maiquez, cubano de origen que ha hecho de la gran ciudad de Mérida su hogar y su escenario. Promotor cultural de vocación, ha convertido su labor en un hilo que une la creación cubana —dentro y fuera de la isla— con la sociedad yucateca y más allá.

Con cercanía, constancia y profundo conocimiento del medio artístico, Armando Maiquez ha sido pieza clave para que figuras como Alejandro Montesino, cuya creación se nutre de la quietud y la introspección, encuentren espacios, audiencia y el reconocimiento que merecen. Su trabajo no se limita a organizar exposiciones o difundir nombres: se trata de comprender el espíritu de cada propuesta y acompañarla con respeto, manteniendo viva la esencia de la creación cubana en tierras mexicanas.

Su presencia nos recuerda que la cultura no florece solo en el aislamiento del taller: necesita también quien la sostenga, la difunda y la cuide como un bien compartido.

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