Hay casos que obligan a mirar más allá del delito. El de Daniel Ramón Jeremy Ávalos Esquivel es uno de ellos.
Una jueza lo sentenció a 37 años y siete meses de prisión por la violación de una adolescente. Pero detrás de esa resolución existe una realidad que tenemos que discutir: el peligro no siempre tiene rostro de desconocido. A veces llega disfrazado de popularidad, confianza y acceso.
Jeremy era conocido en ciertos círculos de Cancún. Tenía relaciones, presencia y entrada a espacios donde conviven los jóvenes. Y ahí está lo verdaderamente inquietante: cuando alguien utiliza esa familiaridad para generar confianza, la popularidad deja de ser una cualidad y puede convertirse en un arma.
La víctima lo conocía. Conversó con él durante un evento y después aceptó acudir a su domicilio junto con una amiga. Pero aceptar una invitación no significa aceptar una relación sexual. Entrar voluntariamente a una casa tampoco elimina el derecho a decir no. El consentimiento no se supone, no se interpreta y no viene incluido en ninguna invitación.
La sentencia castiga un delito gravísimo, pero también rompe una idea peligrosa: creer que alguien conocido, visible o aparentemente confiable no puede ser un agresor.
Este caso debe servir para que las mujeres sean escuchadas, para que los espacios de diversión sean más seguros y para recordar algo elemental: ninguna popularidad, relación o posición social coloca a nadie por encima del consentimiento.





