En el corazón del Caribe mexicano, donde la selva guarda antiguos secretos y el agua de los cenotes conecta el cielo con la tierra, nace una obra que parece haber estado aquí desde siempre. Martha Gerstein, escultora y ceramista con más de tres décadas de trayectoria, ha convertido su vida en un diálogo constante con la naturaleza, la historia y el espíritu de esta tierra que la vio florecer como artista. Su obra no solo se admira: se siente, se reconoce, se lleva en el alma.
«Desde niña supe que quería transformar la materia inerte», confiesa la creadora. Y ha cumplido esa promesa con una constancia que asombra. A lo largo de treinta y siete años de trabajo, ha participado en más de ciento ochenta exposiciones individuales y colectivas, tanto en México como en el extranjero, consolidando un lenguaje artístico propio, nacido aquí, en Quintana Roo. Su creación transita entre la escultura, la investigación cerámica, el arte público y proyectos vinculados con la naturaleza, la memoria, la identidad y la permanencia. Hay una constante que recorre toda su obra: transformar la materia en memoria y convertir el arte en una forma de trascendencia.

«Lo que más me atrae del barro es su conexión directa con la Madre Tierra», afirma. Y esa conexión es visible en cada pieza. A lo largo de casi cuatro décadas, ha profundizado en la técnica ancestral del Rakú, perfeccionando cada paso del proceso: desde la selección de barros locales enriquecidos con minerales naturales, hasta la aplicación de cubiertas de vidrio y la cocción ceremonial que define la textura y el color de sus creaciones. Gran parte de su obra está inspirada en los tonos y la sabiduría del Sureste mexicano: su paleta, hecha de matices de tierra húmeda, salinidad del mar, verde selvático y ocres ancestrales, no es invención suya, sino reflejo fiel de la geografía viva de esta península donde el agua, la selva y el fuego han sido siempre elementos fundacionales de la vida y la cultura.
Su investigación profunda de los materiales de la región dio origen a uno de sus aportes más valiosos: «Piedra Cometa», una arcilla de alta temperatura que ella misma desarrolló, capaz de combinar la solidez y permanencia de la tierra con la luz, el movimiento y la energía de los cuerpos celestes. Con razón, en el año dos mil veinticinco, la asociación Fundadores de Cancún A.C. reconoció su obra como «la cerámica de Cancún», un título que honra no solo su talento, sino también su contribución a la identidad cultural de la ciudad y su esfuerzo por consolidar una producción cerámica arraigada en nuestra tierra.
Más que objetos tridimensionales, sus esculturas son relatos materiales. Martha Gerstein entiende la creación como un acto de escucha: al trabajar la arcilla, recoge no solo sus propiedades físicas, sino también la memoria del lugar del que proviene. Su obra se nutre profundamente de la cosmovisión maya, donde todo está conectado: el cielo, la tierra, el agua subterránea y el ser humano forman un tejido indivisible. En su taller no existe la rutina: «Cada proyecto tiene su propio ritmo y magia —dice ella—. Sí hay disciplina y trabajo diario, pero siempre abierto a lo que cada propuesta requiere». La técnica del Rakú le permite integrar el azar y el control: el fuego actúa como coautor, dejando su huella impredecible en cada pieza, como un reflejo de la naturaleza misma.
Una de sus obras más emblemáticas, nacida aquí mismo en nuestras tierras, es «Sendero de la Conciencia», proyecto escultórico permanente realizado junto con David Gerstein en el Parque Xel-Há. Su creación comenzó en mil novecientos noventa y seis y, tras tres años de trabajo, fue inaugurada en mil novecientos noventa y nueve. Integrada por completo al paisaje natural, establece un diálogo silencioso pero profundo entre el arte, el ser humano y su entorno. Más de veinticinco años después de su nacimiento, sigue de pie, abierta al público, recibiendo a quienes transitan por allí, prueba irrefutable de que lo que se crea con amor permanece.
Entre sus colecciones más destacadas brilla con fuerza «Guardianes del Fuego», formada por trece piezas únicas concebidas como una narración escultural inspirada en la visión cósmica maya. Trece guardianes que vigilan, trece miradas que protegen, trece puertas abiertas hacia lo sagrado. Y si hay un proyecto que ha llevado su nombre más allá de nuestras fronteras, ese es «Cenotes: portales al alma», donde los sagrados tz’onot’ son presentados no solo como fuentes de vida y acceso al inframundo, sino también como ventanas a la conciencia, espacios donde se revelan los misterios más profundos del ser humano. A esta colección se suma también «CEIBA · Árbol Sagrado», un proyecto desarrollado a lo largo de cinco años que explora la vida, la muerte y la trascendencia desde la cosmogonía maya, recorriendo los trece cielos y los nueve mundos inferiores, y que ha sido exhibido en el Museo Regional de la Costa Oriental, en Tulum.
Su obra ha sido seleccionada para exposiciones nacionales e internacionales en países como Cuba, Italia y Francia, y ha recibido múltiples reconocimientos. En dos mil diecinueve obtuvo el Premio de Selección en la Primera Bienal de Artes por la Biodiversidad de México; en dos mil veinte recibió Mención Honorífica en la Cuarta Muestra Bienal de Artes Visuales de Cancún; y en los Premios SASIL fue nominada como Mejor Escultora en dos mil veintitrés, reconocida por su trayectoria con Mención Honorífica en dos mil veinticuatro, y premiada en la categoría de Escultura en dos mil veinticinco.
Pero hay algo aún más conmovedor que sus exposiciones y galardones: su proyecto «Todos Somos Agua», formado por más de ciento cincuenta huellas de personas que participaron en la historia fundacional de Cancún. Concebida como un testimonio para las generaciones venideras, esta colección fue resguardada en dos mil veintiséis dentro de la Cápsula del Tiempo de Cancún, donde permanecerá guardada hasta el año dos mil setenta, fecha del centenario de la ciudad. Entonces, quienes nos sucedan podrán saber quiénes fuimos, qué sentimos y qué huella quisimos dejar.
Paralelamente a su obra, Martha Gerstein ha mantenido siempre una mano tendida hacia su comunidad: comparte su saber en talleres magistrales, acerca el arte y la cerámica a las nuevas generaciones y participa en iniciativas culturales y altruistas. Porque su arte no es solo suyo: es de esta tierra, de esta gente, de este Caribe que la ha visto crecer.
Martha Gerstein representa algo más que talento y capacidad creadora. Representa raíces, memoria y permanencia. Mientras hay quienes siguen creyendo que Cancún es solo hoteles y playas, ella nos demuestra que aquí también hay historia, hay genio, hay alma. Su obra nos enseña que todo lo que nace del barro y se entrega al fuego puede renacer transformado, más hermoso y más fuerte. Y así como la arcilla guarda la memoria del lugar del que proviene, la obra de Martha Gerstein guarda para siempre la memoria viva de esta tierra que la vio nacer.





