Isla Blanca bajo presión: más hoteles, más riesgo y permisos que deben explicarse

En Isla Blanca, el atractivo del negocio es también lo que está en riesgo: la playa, el paisaje y los ecosistemas que hacen valioso ese territorio.

La advertencia ya está sobre la mesa. Según una información publicada por Novedades Quintana Roo el 29 de septiembre, Jorge Alfredo Herrera Silveira, investigador del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados —Cinvestav—, alertó que la expansión hotelera e inmobiliaria aumenta la vulnerabilidad de esta franja ante fenómenos meteorológicos. Planteó detener nuevas licencias y construcciones para revisar la presión sobre el territorio.

Eso cambia la conversación. Ya no basta con preguntar cuántos hoteles pueden llegar o cuántos empleos prometen. Hay que preguntar qué se está autorizando, sobre qué terreno y con qué garantías para quienes vivirán y trabajarán alrededor.

Porque una inversión puede tener dueño. Las consecuencias de una mala decisión territorial alcanzan a mucha más gente.

El paraíso no tiene capacidad infinita

Herrera Silveira describió Isla Blanca como una franja de arena y vegetación costera sensible, donde aumentar la infraestructura pesada o las edificaciones de gran altura representa un riesgo.

Su propuesta, recogida por Novedades, incluye revisar los cuartos autorizados y dar al ecosistema un periodo de alivio de dos a tres años. Es una advertencia especializada; no constituye un dictamen individual sobre la seguridad de cada edificio.

La preocupación tiene un contexto técnico más amplio. Los lineamientos de Semarnat para opiniones sobre la zona federal señalan que las partes angostas de las islas de barrera son susceptibles a romperse durante tormentas y huracanes. También desaconsejan infraestructura permanente en zonas inestables de sus dunas costeras.

Eso obliga a evaluar la ubicación y las características de cada proyecto, no a tratar toda superficie disponible como terreno apto para construir.

Que un desarrollo tenga vista al mar no significa que el territorio pueda soportar cualquier desarrollo.

Ahí aparece el conflicto: el mismo paisaje que se utiliza para vender exclusividad necesita conservar procesos naturales que una expansión mal planeada puede comprometer. isla_blanca_sobredensificacion_

La carretera avanza; la capacidad del territorio debe demostrarse

La expansión del corredor tiene infraestructura pública detrás.

El Gobierno de Quintana Roo informó el 16 de agosto que la primera etapa de modernización de la carretera Cancún-Isla Blanca contemplaba una inversión de 380.9 millones de pesos y registraba cerca de 30% de avance.

El proyecto incluye banquetas, ciclovía, alumbrado y 25 obras de drenaje destinadas, según el comunicado, a mantener el flujo hídrico natural.

Mejorar la movilidad tiene una utilidad pública. Pero una vialidad más amplia no responde por sí sola cuánto crecimiento hotelero e inmobiliario puede soportar la costa.

La pregunta que debe acompañar a la obra es concreta: ¿qué límites ambientales y urbanos regirán los desarrollos a los que dará acceso?

Abrir camino y garantizar capacidad son decisiones distintas. La segunda exige información sobre agua, saneamiento, residuos, movilidad, evacuación y conservación.

Presentar inversión sin explicar esas condiciones deja incompleta la cuenta del desarrollo.

Atenea y el Ayuntamiento sí tienen responsabilidades que explicar

El Ayuntamiento de Isla Mujeres tiene una intervención real en esta discusión. El artículo 115 constitucional reconoce atribuciones municipales sobre planeación urbana, vigilancia del uso del suelo y otorgamiento de licencias de construcción, dentro del marco legal aplicable.

Por eso, la administración encabezada por Atenea Gómez debe explicar cómo ejerce esas facultades en Isla Blanca.

No le corresponde resolver por sí sola todos los permisos: los proyectos que requieren evaluación ambiental pasan también por procedimientos de Semarnat. La dependencia puede autorizar, establecer condiciones o negar solicitudes conforme a la evaluación correspondiente.

Pero la concurrencia de autoridades no puede convertirse en una salida para que ninguna responda.

Una autorización ambiental no elimina la responsabilidad municipal sobre las decisiones urbanas que le corresponden.

El escrutinio debe llegar a los expedientes: cuáles son los usos de suelo, qué densidades se permiten, cuántas licencias se han expedido, qué condiciones se impusieron y cómo se vigila su cumplimiento. isla_blanca_sobredensificacion_…

Recoger basura ayuda; controlar la construcción también

El 19 de septiembre, el Ayuntamiento informó sobre una brigada de limpieza en la Angostura de Isla Blanca, con participación de organizaciones, empresas y autoridades ambientales.

En su comunicación destacó la protección de playas, manglares y ecosistemas costeros.

La limpieza es necesaria. Quien deja botellas, bolsas y residuos también perjudica el lugar.

Pero el cuidado ambiental tiene otra dimensión: decidir qué se puede construir y bajo qué límites.

Una jornada de limpieza no responde cuántas habitaciones soporta la costa. Una fotografía recogiendo plástico tampoco sustituye un expediente de permisos.

El contraste exige coherencia: si se presenta Isla Blanca como un ecosistema que debe protegerse, las decisiones sobre su crecimiento deben demostrar cómo se cumple esa protección.

Mucho dinero en juego exige mucha más transparencia

La posibilidad de expansión turística vuelve especialmente importantes las decisiones sobre el territorio. Definir dónde se construye, cuánto se construye y qué infraestructura lo acompaña tiene consecuencias económicas y ambientales.

Eso justifica revisar las relaciones entre decisiones públicas e intereses inmobiliarios. No permite afirmar, sin pruebas, que Atenea Gómez obtiene beneficios personales o pretende conservar influencia política para favorecer negocios.

La responsabilidad comprobable está en su gestión y en las decisiones de su Ayuntamiento. Ese es el terreno donde debe rendir cuentas.

El propio portal municipal documenta la reinstalación del Comité de Ordenamiento Ecológico el 13 de junio de 2023. Corresponde explicar qué resultados tiene ese proceso y qué instrumentos vigentes se están aplicando a la expansión.

La discusión pública necesita respuestas verificables:

  • ¿Qué proyectos tienen licencia y cuáles están únicamente propuestos?
  • ¿Cuántos cuartos y qué alturas se permiten en cada zona?
  • ¿Qué estudios sustentan esas densidades?
  • ¿Qué infraestructura de agua y saneamiento acompañará el crecimiento?
  • ¿Cómo se protegerán los accesos públicos y las áreas ambientalmente sensibles?
  • ¿Qué hará el Ayuntamiento frente a la advertencia sobre nuevas construcciones?

Son preguntas sobre decisiones públicas que afectan un territorio compartido. isla_blanca_sobredensificacion_…

¿Quién gana con el crecimiento y quién asume el riesgo?

Los empleos y la actividad económica importan. También importa que quienes trabajan en el corredor tengan transporte, servicios y condiciones seguras.

La evaluación del desarrollo debe incluir a esas personas, además de los inversionistas y futuros huéspedes.

Si la expansión compromete las defensas naturales de la costa, el costo potencial no termina en el límite de una propiedad. Por eso, Semarnat reconoce entre las funciones de los manglares la protección y regulación de inundaciones.

Conservarlos tiene una utilidad que rebasa el paisaje.

Isla Blanca necesita una discusión pública antes de que más decisiones resulten difíciles de corregir. La advertencia científica exige revisar; la inversión exige explicar; los permisos exigen hacerse visibles.

El negocio puede avanzar. La pregunta es quién está demostrando que Isla Blanca puede soportarlo.

Y esa respuesta debe llegar antes de la siguiente licencia, no después de la siguiente emergencia.

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