Algo está pasando con nuestros jóvenes. Y sería demasiado fácil explicarlo diciendo que son las drogas, las redes sociales, la economía, la falta de valores o simplemente “esta generación”. Los números cuentan una historia más compleja.
En México, 8,709 personas murieron por suicidio durante 2025. La tasa nacional pasó de 5.1 casos por cada 100 mil habitantes en 2015 a 6.7 en 2025. Entre los jóvenes de 15 a 29 años llegó a 10.2. Casi ocho de cada diez suicidios consumados corresponden a hombres.
Quintana Roo tampoco es ajeno. En 2022 registró 155 suicidios; en 2023 fueron 183; en 2024, 228, y la cifra preliminar de 2025 llegó a 234. En apenas tres años el incremento fue de 51%.
Cancún conoce esta realidad desde antes. Entre 2015 y 2020, Benito Juárez acumuló 407 suicidios. El diagnóstico municipal advertía además que el grupo de 20 a 29 años era el de mayor incidencia.
No son estadísticas aisladas. Son señales.
Pero sería irresponsable buscar una sola causa.
Cancún es una ciudad joven y profundamente migrante. Miles llegaron buscando oportunidades, muchas veces dejando atrás padres, hermanos, amigos y redes de apoyo. Vivimos de una economía turística extraordinariamente dinámica, pero también con horarios laborales complejos y familias que muchas veces tienen poco tiempo para convivir.
A eso se suman ansiedad, depresión, violencia familiar, rupturas sentimentales, alcohol, drogas, acoso y presión económica. Y una paradoja de nuestra época: nunca habíamos estado tan conectados y quizá nunca había sido tan sencillo sentirse solo.
Ninguno de estos factores provoca por sí mismo un suicidio. Es un fenómeno multicausal que atraviesa países, generaciones y niveles socioeconómicos.
La demanda de ayuda, sin embargo, ya está frente a nosotros.
Durante 2025, el DIF Benito Juárez brindó 6,125 atenciones psicológicas y 1,108 psiquiátricas. Sólo entre enero y junio de 2026 atendió a 2,380 pacientes en psicología y realizó otras 552 atenciones psiquiátricas.
Eso también significa algo: la gente está levantando la mano.
Y sería injusto afirmar que las instituciones permanecen inmóviles. El Ayuntamiento realiza prevención y atención; el gobierno de Mara Lezama ha colocado la salud mental y las adicciones en la agenda estatal y anunció un pabellón especializado en salud mental en el Hospital General de Cancún.
Son avances que debemos reconocer y fortalecer.
No existe una solución sencilla para un fenómeno que ninguna ciudad ha logrado erradicar. Sí podemos prevenir mejor, detectar antes y acompañar durante más tiempo.
Quizá el siguiente paso no sea inventarlo todo nuevamente, sino conectar mejor lo que ya tenemos. Cuando una escuela detecta a un joven en riesgo o una familia pide ayuda, deberíamos preguntarnos: ¿llegó a su consulta?, ¿continuó el tratamiento?, ¿su familia supo cómo acompañarlo?, ¿alguien volvió a buscarlo?
La evidencia internacional muestra resultados favorables cuando después de una crisis existe seguimiento. Tal vez ahí exista una oportunidad: fortalecer la comunicación entre familias, escuelas, especialistas e instituciones para que pedir ayuda no sea un momento aislado, sino el comienzo de un acompañamiento.
Cancún ha aprendido durante más de medio siglo a recibir a millones de personas que llegaron buscando una oportunidad.
Tal vez ahora debamos preguntarnos cómo acompañamos a quienes, aun viviendo aquí, sienten que ya no encuentran la suya.





