Marihuana, depresión y periodismo sin pruebas: el ataque de Anabel Hernández que terminó beneficiando a Claudia

La periodista presentó como revelación una versión no comprobada sobre el supuesto consumo de cannabis y la salud mental de Claudia Sheinbaum. La oposición intentó convertirla en escándalo, pero consiguió lo contrario: banalizó la ansiedad y la depresión, exhibió sus prejuicios y reabrió el debate nacional sobre la regulación de la marihuana.

Primero fue la marihuana.

Después aparecieron la ansiedad, la depresión, los antidepresivos y la imagen de una presidenta supuestamente rebasada por el cargo.

Y finalmente llegó la pregunta que debió formularse desde el principio:

¿DÓNDE ESTÁN LAS PRUEBAS?

Anabel Hernández afirmó que personas dentro del gobierno le habrían revelado que Claudia Sheinbaum consume cannabis como paliativo ante las presiones de la Presidencia. También introdujo versiones relacionadas con su supuesta salud mental y el uso de medicamentos.

No presentó públicamente expedientes médicos, recetas, testimonios identificables ni evidencia verificable.

Pero el rumor ya contenía todos los ingredientes necesarios para incendiar las redes: una presidenta, una sustancia estigmatizada, padecimientos emocionales y una periodista conocida dispuesta a colocar su prestigio como garantía de una historia que la sociedad no podía comprobar.

Sectores opositores, cuentas adversarias y espacios informativos hicieron el resto.

Intentaron convertir la marihuana en incapacidad, la ansiedad en debilidad y la depresión en un argumento para desacreditar a la presidenta.

La estrategia fue vergonzosa.

No solamente porque pretendió destruir una reputación utilizando información íntima que no ha sido demostrada, sino porque trató como defectos morales dos padecimientos que enfrentan millones de mexicanos.

Pero el ataque tenía otro problema: estaba construido con prejuicios viejos para una sociedad que ya comenzó a pensar diferente.

Claudia Sheinbaum se rio. Y el escándalo cambió de dirección.

EL ESCÁNDALO QUE SE LES REGRESÓ

Hay ataques políticos que lastiman. Otros se desinflan. Y algunos están tan mal calculados que terminan fortaleciendo a la persona que pretendían destruir.

Eso ocurrió con esta historia.

En un país con problemas de seguridad, crecimiento económico, corrupción, desigualdad y servicios públicos, una parte de la conversación opositora terminó reducida a especular sobre si la presidenta fuma marihuana y si recibe tratamiento para su salud mental.

No se presentó una investigación sobre decisiones tomadas bajo los efectos de alguna sustancia. No se exhibió una incapacidad para gobernar. No se demostró un daño al Estado ni una afectación concreta a sus responsabilidades.

Solamente se amplificó una versión sobre su vida privada y se esperó que el prejuicio hiciera el trabajo que las pruebas no podían hacer.

La maniobra necesitaba que la sociedad aceptara dos ideas: que consumir cannabis vuelve automáticamente incapaz a una persona y que padecer ansiedad o depresión constituye una vergüenza.

Pero ninguna de las dos premisas resistió la conversación pública.

CLAUDIA SE RIÓ PORQUE EL ATAQUE NO TENÍA DIENTES

La respuesta de Sheinbaum fue breve y políticamente eficaz.

“¡Ja, ja, ja! Es que me reí de lo que dijo Anabel Hernández”, contestó durante su conferencia del 14 de septiembre. Después colocó el señalamiento entre las historias que, según ella, sus adversarios inventan semanalmente contra su gobierno.

No apareció arrinconada. No ofreció explicaciones médicas ni permitió que una afirmación sin pruebas públicas la obligara a revelar su intimidad.

Simplemente se rio.

Y al hacerlo desactivó el componente indispensable del ataque: la vergüenza.

La marihuana ya no tiene para toda la sociedad el mismo poder de destrucción moral que tuvo durante décadas. Para millones de personas, el cannabis debe discutirse con información, prevención y reglas, no con persecución ni caricaturas.

El supuesto golpe, por tanto, puede terminar beneficiando a Sheinbaum. La mostró tranquila, le permitió colocarse por encima del rumor y la acercó involuntariamente a una conversación generacional sobre libertades individuales, salud pública y regulación.

Quisieron exhibir a una presidenta fuera de control.

Terminaron exhibiendo una estrategia fuera de época.

LO MÁS GRAVE: USAR LA DEPRESIÓN Y LA ANSIEDAD COMO INSULTOS

La marihuana produjo el escándalo. Pero la parte más irresponsable de la historia está en otro lugar.

La versión difundida habló también de ansiedad, depresión, ansiolíticos y antidepresivos como si fueran pruebas automáticas de debilidad o incapacidad.

Eso no es solamente falso. Es profundamente dañino.

La depresión no es un insulto. La ansiedad no es una prueba de incompetencia. Recibir atención psicológica o psiquiátrica no vuelve a una persona incapaz de trabajar, gobernar, dirigir una empresa o sostener una familia.

Los tratamientos existen precisamente para recuperar bienestar y funcionalidad. Utilizarlos como arma política refuerza el miedo que todavía impide a muchas personas pedir ayuda.

¿Qué mensaje recibe quien toma un antidepresivo al observar que un supuesto tratamiento puede convertirse en material para destruir una reputación?

Que debe ocultarlo. Que atenderse es vergonzoso. Que reconocer una enfermedad puede ser más peligroso socialmente que padecerla en silencio.

La discusión dejó de afectar únicamente a Claudia Sheinbaum cuando la depresión y la ansiedad fueron convertidas en municiones. Desde ese momento alcanzó también a millones de personas que viven con esos padecimientos y luchan todos los días contra el estigma.

EL ATAQUE REVIVIÓ EL DEBATE SOBRE LA MARIHUANA

La ironía política es enorme: quienes utilizaron el cannabis para intentar desacreditar a la presidenta terminaron reabriendo una discusión que México lleva años aplazando.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación determinó que la prohibición absoluta del consumo lúdico de cannabis restringía de manera desproporcionada el derecho al libre desarrollo de la personalidad. En 2021 eliminó esa prohibición absoluta y exhortó al Congreso a legislar para generar seguridad jurídica, proteger la salud pública y evitar daños a terceros.

El reconocimiento judicial, sin embargo, no produjo una regulación integral, sencilla y accesible para el consumo adulto, la producción y la comercialización. México permanece en un modelo incompleto: hay derechos reconocidos, restricciones legales, permisos y zonas de incertidumbre.

Organizaciones como México Unido Contra la Delincuencia han impulsado litigios y propuestas para reemplazar la prohibición por una regulación con enfoque de derechos, justicia social y salud pública. Regulación por la Paz reúne también a personas, colectivos y organizaciones que buscan transformar las políticas de drogas.

Sus argumentos no parten de afirmar que el cannabis sea inofensivo. Parten de algo más serio: precisamente porque existen riesgos, se necesitan reglas.

Regular significa establecer edades mínimas, controles de producción y calidad, información sanitaria, restricciones de consumo, prohibición de conducir bajo sus efectos, prevención y atención para el uso problemático.

También significa discutir si tiene sentido mantener una parte del mercado en manos clandestinas mientras el Estado renuncia a controlarlo, vigilarlo y reducir sus daños.

Legalizar no es promover. Regular no es regalar marihuana. Informar no es banalizar los riesgos.

Es aceptar que la prohibición absoluta no eliminó el consumo y que una política pública no puede construirse solamente con miedo.

EL SUPUESTO ATAQUE PUEDE ACERCAR A CLAUDIA A UNA AGENDA DE DERECHOS

No está demostrado que Claudia Sheinbaum consuma cannabis. Ese punto debe permanecer claro en toda la discusión.

Pero justamente porque no está demostrado, el episodio ya no gira únicamente alrededor de ella. Gira alrededor de la reacción social que provocó el rumor.

Para sectores jóvenes, progresistas, médicos, activistas y ciudadanos favorables a la regulación, la historia puede presentar a Sheinbaum como víctima de un moralismo conservador que todavía pretende decidir qué conductas privadas vuelven respetable a una persona.

Sus adversarios intentaron asociarla con una sustancia para restarle autoridad. En cambio, podrían haberla colocado involuntariamente cerca de una discusión que habla de derechos, libertades, salud pública y modernización legal.

El ataque no consiguió demostrar que la presidenta estuviera incapacitada. Sí consiguió demostrar que todavía hay actores dispuestos a utilizar los prejuicios más antiguos cuando carecen de argumentos verificables.

Y ENTONCES APARECE ANABEL HERNÁNDEZ

Después del fracaso político, del daño causado al debate sobre salud mental y de la conversación abierta sobre cannabis, corresponde volver al origen.

Anabel Hernández presentó el supuesto consumo de marihuana de Claudia Sheinbaum como información obtenida de personas dentro del gobierno. Añadió versiones sobre depresión, ansiedad y medicamentos.

Pero una trayectoria periodística no sustituye las pruebas.

La protección de fuentes es indispensable. Numerosas investigaciones de interés público jamás podrían realizarse si los periodistas estuvieran obligados a revelar la identidad de cada informante.

Precisamente por eso, cuando la fuente no puede ser examinada por la sociedad, la obligación de verificar se vuelve todavía mayor.

¿La información fue confirmada con fuentes independientes? ¿Existen documentos? ¿Hay evidencia de una afectación en el desempeño presidencial? ¿Cuál es el interés público concreto de divulgar datos médicos supuestamente privados?

Hasta ahora no se han mostrado públicamente elementos suficientes para responder esas preguntas.

Una periodista que se presenta como investigadora seria no puede pretender que su nombre funcione como prueba. El prestigio puede justificar que una afirmación sea escuchada; nunca que sea aceptada sin evidencia.

EL PERIODISMO TAMBIÉN TIENE QUE RENDIR CUENTAS

Cuestionar a Anabel Hernández no significa censurarla ni defender ciegamente al gobierno.

Claudia Sheinbaum debe ser investigada, confrontada y obligada a rendir cuentas cuando los hechos lo ameriten. Ninguna presidenta merece inmunidad periodística.

Pero ningún periodista debería gozar de inmunidad frente a la responsabilidad de demostrar lo que afirma.

Cuando se habla de la salud, el consumo de sustancias y la estabilidad emocional de la presidenta de México, el estándar no puede reducirse a “me lo dijeron personas dentro del gobierno”.

Una acusación extraordinaria requiere evidencia extraordinaria.

De lo contrario, el periodismo deja de fiscalizar al poder y comienza a comercializar sospechas. Y cada rumor presentado como investigación le resta credibilidad a las investigaciones que sí están documentadas.

EL HUMO CAMBIÓ DE DIRECCIÓN

La historia pretendía dejar una imagen: una presidenta desbordada, emocionalmente inestable y dependiente de la marihuana para resistir el cargo.

No lo consiguió.

En su lugar, exhibió una ofensiva política construida con prejuicios; banalizó la ansiedad y la depresión; colocó bajo sospecha a quienes reciben tratamiento y reabrió el debate sobre la regulación del cannabis.

La estrategia fue tan torpe que el supuesto escándalo puede terminar fortaleciendo a Claudia Sheinbaum: la mostró tranquila, la colocó por encima del rumor y permitió que la conversación se desplazara hacia derechos, salud pública y libertades individuales.

Quisieron intoxicar su imagen.

Pero sin pruebas, sin responsabilidad y sin comprender que México ya cambió, los únicos que terminaron mareados fueron quienes difundieron la historia.

¿Qué resulta más peligroso para México: discutir seriamente la regulación del cannabis o utilizar la depresión, la ansiedad y la vida privada como armas políticas?

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