En Cancún, septiembre siempre llega con menos turistas. Lo inquietante no es la temporada baja: es que este año comenzó más abajo de lo acostumbrado.
Durante la primera semana del mes, Quintana Roo promedió un 45.8% de ocupación hotelera, frente al 56.1% del mismo periodo de 2025. Cancún alcanzó el 51.2%. Son números que no anuncian el fin del turismo, pero tampoco permiten esconderse detrás del calendario.
Porque cuando una habitación queda vacía, el golpe no termina en el hotel. Baja el trabajo para transportistas, restaurantes, agencias, vendedores y miles de familias que viven de cada visitante.
Aquí comienza la parte política: durante años presumimos récords, inversiones y millones de pasajeros. Pero la verdadera fortaleza de un destino no se demuestra cuando los aviones llegan llenos, sino cuando el mercado se enfría.
La pérdida de conectividad aérea, los precios elevados y la competencia internacional ya están moviendo el tablero. El gobierno puede promover; los empresarios, lanzar ofertas. Sin embargo, nadie debería vender tranquilidad mientras el trabajador cuenta menos propinas.
Cancún sigue siendo una potencia. Precisamente por eso debe hacerse la pregunta incómoda: ¿estamos atravesando otra temporada baja… o recibiendo una advertencia que todavía nadie quiere nombrar?





