Hay historias que no pueden cerrarse simplemente diciendo: “fue un accidente”.
Eduardo Ceseña y Francisco Huerta salieron de Playa del Carmen rumbo a Cozumel como parte de un recorrido con decenas de motos acuáticas. Una aparente falla los dejó a la deriva y lo que parecía una aventura terminó convertido en una lucha brutal por sobrevivir.
Durante tres días, Eduardo resistió el sol, la sed, el cansancio y la fuerza del mar. Una versión preliminar señala que incluso intentó mantener consigo a Francisco, hasta que su propio cuerpo ya no pudo más.
La embarcación Osiris encontró a Eduardo con vida. Francisco, lamentablemente, fue localizado muerto cerca de Holbox.
Y aquí la pregunta no es contra el mar ni contra quienes participaron después en el rescate. La pregunta está en todo lo que ocurrió antes: ¿quién organizó el recorrido?, ¿qué protocolo existía ante una falla?, ¿había seguimiento permanente y respaldo suficiente para auxiliar inmediatamente a los participantes?
No se trata de fabricar culpables antes de una investigación. Se trata de entender que el turismo de aventura no puede operar desde la improvisación.
Hoy una familia abraza un milagro y otra enfrenta una tragedia. Entre ambas quedó flotando una advertencia: en el mar, una falla sin respuesta inmediata puede costar una vida.





